Realidad educativa I: El cansancio no figura en el horario

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La realidad educativa no empieza en el aula.
Empieza antes. En el cansancio.

En el estudiante que llega tarde porque viene de trabajar.
En el docente que entra al salón con la voz justa, porque ya dictó tres clases antes y todavía le quedan dos más. En el aula donde el proyector no prende, el internet falla y aun así se espera una “clase innovadora”.

A veces hablamos de educación como si fuera una idea bonita. Como si bastara con decir calidad, competencias, aprendizaje significativo y listo, problema resuelto. Pero la realidad no funciona así. Nunca funcionó así.

La realidad educativa es esta:
estudiantes que memorizan para aprobar, no para comprender.
docentes que corren contra el tiempo, no porque quieran, sino porque el sistema los empuja.
instituciones que piden resultados rápidos, pero no procesos reales.

He visto alumnos brillantes convencidos de que “no sirven para estudiar”. No porque no piensen, sino porque no encajan. Porque preguntan demasiado. Porque dudan. Porque no repiten exacto lo que dice la diapositiva.

Y he visto profesores buenos, muy buenos, agotados. Desgastados no por enseñar, sino por tener que demostrar todo el tiempo que están enseñando. Evidencias, formatos, reportes, actas, indicadores. Como si educar fuera solo llenar casillas.

En la realidad educativa nadie te pregunta cómo estás.
Te preguntan si cumpliste.
Si avanzaste el sílabo.
Si cerraste la semana.

Y aun así, en medio de todo eso, pasa algo curioso.

A veces, en una clase cualquiera, sin planificación perfecta ni frases motivacionales, alguien entiende algo de verdad. No el tema. Algo más profundo. Entiende que puede pensar por sí mismo. Que puede cuestionar. Que no todo está cerrado.

Ese momento no queda registrado en ningún sistema.
No aparece en ningún informe.
Pero existe.

La realidad educativa también es eso: pequeños actos de resistencia. Un docente que se detiene cinco minutos más para explicar distinto. Un estudiante que se atreve a decir “no entiendo” sin vergüenza. Una pregunta incómoda que rompe el ritmo, pero abre la cabeza.

No idealizo la educación.
La vivo.

Con sus errores.
Con sus silencios incómodos.
Con su cansancio acumulado.

Y aun así, sigo creyendo —aunque a veces cueste— que educar no es llenar cabezas, sino acompañar procesos. Aunque el sistema no siempre ayude. Aunque la realidad pese.

Tal vez la educación no está en crisis.
Tal vez siempre fue así: frágil, humana, incompleta.
Y por eso mismo, tan necesaria.

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Mario Malpica

Docente, especialista en TIC, desarrollador Web y gestor deportivo. Docente en cursos de innovación y emprendimiento. Entrenador de Ajedrez, me encanta el mundo de la tecnología y siempre dispuesto a aprender. Me gusta asumir retos y me apasiona enseñar.
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