Mientras en las ollas comunes se estiran los fideos y en las postas se reciclan guantes, la presidenta de la República se aumentó el sueldo. No por mérito, ni por resultado, sino por decreto. Como si gobernar mal también otorgara bonificación.
En el país de las escaleras sin barandas, de los colegios sin agua y de los hospitales donde una enfermera trabaja tres turnos con el sueldo congelado, la jefa del Estado se asignó S/ 35,568 mensuales, el doble de lo que ya ganaba. Y lo hizo sin sonrojarse, sin debate, sin argumento que no suene a excusa. No fue por mérito ni evaluación: fue por poder.
En un Perú donde el maestro rural gana menos que un celular de gama media, donde los hospitales hacen rifas para comprar alcohol y donde el pan ha subido más que el presupuesto educativo, el mensaje es claro: la austeridad es solo para el pueblo.
El salario del silencio
Este aumento no es solo un dato económico. Es un acto político, simbólico y profundamente ético. Porque en medio de una de las crisis más largas de nuestra historia reciente —institucional, económica y social—, que la presidenta decida subirse el sueldo es un gesto que no solo hiere: confirma.
Confirma que el poder en el Perú no solo está desconectado del pueblo: vive en otra realidad, más parecida a una junta de directorio que a un gabinete de ministros. Confirma que se gobierna para adentro, para los aliados, para los que no hacen preguntas. Y confirma, sobre todo, que el Estado se está gestionando con lógica de empresa, pero con fondos públicos.
La presidenta puede argumentar que su sueldo estaba “por debajo del promedio regional”. Que sus pares ganan más. Que un gerente de banco gana el triple. Pero ese argumento es insostenible cuando se gobierna un país donde el 70 % de la población trabaja en la informalidad, donde más del 40 % de niños sufre anemia, y donde más de 800 mil jóvenes no estudian ni trabajan.
¿Qué función pública se revalora en un país donde la vida vale tan poco?
El problema no es el monto, sino el momento. Y el mensaje.
Un aumento presidencial en medio de crisis no es solo una cifra: es una bofetada con guantes de seda.
Gobernar sin pueblo
Hay algo profundamente distorsionado en esta república del doble discurso. Se habla de unidad, mientras se reprime con balas. Se convoca al diálogo, mientras se ignora el clamor. Y ahora, se promueve la “eficiencia” subiendo el sueldo de quien ha perdido toda legitimidad democrática.
Porque cuando el gobernante cobra más que antes… pero gobierna menos que nunca, la república no mejora. Se encarece su silencio. Se institucionaliza la distancia. Y se entroniza esa vieja enfermedad peruana: el cinismo como política de Estado.
Ningún gobierno es eterno. Pero los gestos —los que indignan, los que avergüenzan, los que confirman que ya no hay retorno— permanecen. Este aumento quedará en la memoria popular no como cifra, sino como símbolo. El símbolo de un país que se rompía por dentro, mientras quienes lo dirigían se subían el sueldo como si todo estuviera bajo control.
Epílogo desde abajo
La historia no se cuenta desde Palacio, sino desde abajo: desde el maestro que debe elegir entre comprar una tiza o un pan. Desde la madre que no encuentra paracetamol en la posta. Desde el joven que solo ve futuro si es lejos del Perú.
Ellos no sintieron el aumento. Ni lo pidieron. Ni se beneficiaron.
Pero lo pagarán, como siempre.