A veces pienso que si Jane Eyre hubiera nacido en Lima, habría terminado trabajando en una oficina pública o enseñando en algún colegio parroquial de Magdalena, rodeada de señoras que creen que la santidad es cuestión de maquillaje resistente al sudor. Pero no nos desviemos.
Mi historia comenzó el día en que me botaron —finamente— de la casa de una tía que siempre me trató como un recuerdito que nunca pidió.
—Hijita, tú eres buena gente, pero no rinde mantenerte —me dijo, como si yo fuera un electrodoméstico viejo.
Así que acepté la primera chamba que apareció: ser la instructora de una niña en pleno Barranco. Usted sabrá, estimado lector, que Lima “la gris” tiene esa habilidad tan suya de ser preciosa y jodida al mismo tiempo. Apenas llegué, la garúa —metiche como siempre— me echó un baldazo de humildad directo a la autoestima, y para rematar, el bodeguero del barrio, Don Eulogio, alias “El Santa Rosa de las Esquinas, El Infalible, El Órgano Oficial del Chisme Nacional”, me miró como si él decidiera el futuro emocional, financiero y amoroso de todo ser vivo a tres cuadras a la redonda.
La señora Cifuentes me abrió la puerta con una cara más arrugada que su matrimonio.
—¿Tú eres la que va a enseñar acá? —me soltó como quien prueba un limón podrido.
—Sí, señora.
—Pasa, pero no vengas a joder desde el primer día, ¿ya?
Y yo pensando: ¡pero si recién estoy respirando!
La casa tenía aroma a humedad deprimida, como si todos los rincones hubieran pasado por terapia fallida. Entonces salió la niña, Camila, con esos ojazos que gritan “esta familia está pa’l psiquiatra”.
—Hola Miss —me dijo.
—Hola, Cami.
—Mi mamá dice que vienes a poner orden aquí.
—Haré lo que pueda.
—¿Y también traes paz?
—Hijita, la paz no viene incluida. Esa se paga extra.
Desde adentro la señora gritó:
—¡Camila, deja de preguntar cojudecees! ¡Aquí la paz está prohibida!
Yo solo pensé: esto es un zoológico emocional, confirmado.
Esa misma noche conocí al señor Cifuentes, una desgracia ambulante.
Entró tambaleándose, con esa sonrisa huevona del que cree que puede esconder una cagada monumental.
—Buenas noches —dijo, agitando sus llaves como maracas de borracho.
La señora lo fulminó:
—¿Qué noche? ¡Si ya es mañana!
—Amor, había reunión…
—Reunión mis huevos. Tú coleccionas desgracias, no reuniones.
Me metí a mi cuarto, pero escuché todo porque esas paredes transmitían mejor que Radio Capital.
—¡No grites! ¡La niña escucha!
—¿La niña? ¡La niña, el vecino, el bodeguero y el gato también han escuchado, imbécil!
Al día siguiente, el barrio entero ya tenía la primicia.
A las nueve llegó Doña Chabelita, la CNN del barrio.
—Señoritaa… —susurró como si me fuera a filtrar una operación antidrogas.
—Dígame, doña.
—Al señor lo han visto… acompañado.
—¿Con quién?
—(pausa dramática nivel telenovela) Con una artista.
—¿Artista de verdad o “artista”?
—Ay hijita… de las que hacen arte moderno. Cualquier huevada colgada y dicen arte pues.
La señora, cuando se enteró, EXPLOTÓ.
—¡Ese idiota! ¡Ese mueble defectuoso con patas!
—Señora tranquila… —intenté.
—¡Tranquila tu abuela! ¡Ya sabía! ¡Si entró con olor raro!
—¿A whisky?
—¡A miseria, carajo!
La niña apareció con su cuaderno:
—Ma, ¿mi papá está castigado?
—¡No, está condenado!
—¿A prisión?
—¡Peor! ¡A que lo juzgue el bodeguero!
Yo traté de suavizar:
—Hija, tu papá se ha equivocado.
—¿Mucho?
—Muchísimo. Nivel cagada épica internacional.
La niña asintió como quien toma nota.
Y otra vez la pelea nocturna:
Esa noche:
—¡Eres un IMBÉCIL!
—No exageres…
—¡Imbécil, huevón y conchudo! Tres categorías. Elige una.
Y yo escuchando: qué lindo es el amor limeño, carajo.
Pero pasó algo raro:
el señor, al día siguiente, vino cabizbajo.
—Señorita… ¿cree que puedo arreglar este desastre?
—Mire señor, si quiere sí; si no, siga nomás haciendo el ridículo.
—Quiero corregirme.
—Entonces deje de tomar, deje de huevear, deje de actuar como un mueble viejo con patas.
—Ay… suena difícil.
—Pero se intenta.
—¿Cree que puedo?
—Yo no, pero inténtelo igual.
Y funcionó.
La señora empezó a mirarlo con menos odio.
La niña dibujó un sol en vez de un entierro.
La casa dejó de llorar humedad emocional.
¡Y el señor cocinó! Y salió rico. Yo casi lloro.
El bodeguero me llamó:
—Ha hecho usted milagro, señorita.
—No, don Eulogio.
—¿Entonces quién?
—La vergüenza, pues. La santa vergüenza.
—Ah sí, esa cura más que el psicólogo.
Una tarde, la señora me dijo:
—Señorita… ¿te quedas?
—¿De empleada?
—No solo. Como parte de esta locura.
—¿Segura?
—Sí, carajo. Si vamos a arreglarnos, que sea contigo acá.
—Ya, me quedo.
La niña gritó:
—¡Siiiii!
El señor desde la cocina:
—¡Hoy hago ají de gallina!
La señora:
—¡Pero que no salga aguado, huevón!
El señor:
—¡Estoy cambiando, amor, pero no soy brujo!
Y ahí me di cuenta de algo profundísimo, digno de un libro chiflado:
La vida es una cagada…
pero bien revuelta, sabe sabroso.
Y mientras caminaba bajo la garúa pensé:
Lima podrá ser tóxica, ruidosa, chismosa y media tarada…
pero cuando quiere darte un final feliz, te lo da.
A su modo.
Con lisura, pan caliente y risas.
Y yo, carajo… fui feliz.
Mario Malpica
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